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Capítulo 01 club inmortal

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 Capítulo 01

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Dicen que la vida es un círculo. Que, sin importar cuánto corras o cuántos títulos cuelgues en la pared de una oficina climatizada y perfectamente ordenada, el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido y siempre te devuelve al punto de partida.

Para Dorian, ese punto de partida siempre olía a suelo sucio y humillación.

"¿Qué pasa, friki? ¿Se te olvidó cómo hablar?"

"Míralo… Jajaja, en serio, hombre, ¿estás llorando?"

"Jajajaja"

El recuerdo era nítido. El patio trasero del instituto, el sabor ferroso de la sangre en su labio y las risas estridentes y burlonas de tres chicos que no tenían nada mejor que hacer que usarlo como saco de boxeo. En aquel entonces, Dorian solo podía encogerse, cerrar los ojos al borde de las lágrimas y esperar a que el tiempo pasara más rápido y sus matones se aburrieran y se fueran.

Luego de que la pesadilla terminaba, se levantaba adolorido, apretaba los puños hasta que los nudillos palidecen y se limpiaba el vidrio de sus gafas con dedos temblorosos.

La vida siempre vuelve a sus inicios, pensó Dorian con una amargura teñida de ironía.

Porque, veinticinco años después, el escenario era aterradoramente similar. Solo que el patio de cemento había sido reemplazado por un bosque de árboles exuberantes, y los matones de institutos ahora vestían harapos sucios y sostenían acero de verdad.

"¡Habla! ¿¡Cómo es que sigues con vida!? ¿¡Quién eres!?"

El frío metálico de una espada oxidada —pero no por ello menos peligrosa— presionaba su cuello. Dorian apenas pudo tragar saliva, sintiendo la hoja mellada contra su nuez de Adán. Si esto fuera una de las típicas novelas de transmigración que solía leer en la oficina durante los descansos de almuerzo, este sería el momento exacto donde despertaría su power-up oculto. El momento donde el aire vibraría, una campana celestial sonaría en su mente y un poder oculto emergería barriendo a estos bárbaros. Pero nada de ello estaba sucediendo. Dorian había estado gritando en su mente como un loco desde hace rato sin resultado alguno.

¡Status! ¡Sistema! ¡Menú! ¡Interfaz! ¡Vamos, maldición, algo debe funcionar!

Esperó. Un segundo. Dos. Tres. El mundo sigue igual. El típico panel de sistema que siempre aparecía en sus novelas favoritas no se mostraba por ninguna parte. Tampoco había señales de algún flujo de calor recorriendo sus meridianos como en algunas novelas de cultivo.  

No había nada.

Simplemente sentía el peso de un cuerpo que no era el suyo, y el cansancio existencial que solo un oficinista de cuarenta y cinco años que pasó la mitad de su vida corrigiendo informes frente a un monitor podía entender.

"¡Te he hecho una pregunta, mocoso!" rugió el hombre que sostenía la espada. Era un sujeto de barba desaliñada, calvo y de ojos peligrosos que parecían inyectados en sangre mientras lo fulminaba. El tipo de hombre que en su mundo anterior habría sido un cliente violento y fastidioso, pero que aquí tenía la potestad de ser su juez, jurado y verdugo.

Dorian cerró los ojos un segundo.

El pánico, ese viejo amigo conocido que solía aparecer antes de cada presentación trimestral frente a la junta directiva, ahora volvía a emerger desde sus entrañas, amenazando con robarle el poco aire en sus pulmones.

El temblor no se detenía.

¡Contrólate, Dorian! ¡Necesitas controlarte y no caer en pánico! El pánico es la amiga del descontrol y la torpeza. Y eso es lo último que quisiéramos que ocurriera. Es una negociación. Sí, eso es lo que es. Una negociación como la que estás acostumbrado. Una muy mala, pero una negociación al fin y al cabo.

Empecemos analizando la situación, ¿cuál es?

Está más que claro: secuestro y retención de rehén. ¿Actores? Entre diez y quince hombres adultos y armados. ¿Quiénes son? Hay muchas opciones; después de todo, esto es otro mundo. Un entorno desconocido. Podrían ser desde aldeanos furiosos que recurren al tráfico de personas como mercenarios profesionales.

Abrió los ojos y, en lugar de la mirada aterrorizada de un adolescente, forzó una sonrisa cordial que contrastaba con las miradas de desagrado y sospecha. No era una sonrisa alegre ni nada por el estilo, sino una máscara de cortesía profesional que le tomó varios años perfeccionar en el sector corporativo.

"Amigos míos, ya se los he dicho…". Su voz salió más aguda de lo que recordaba, la voz de un adolescente, pero sus palabras tenían el peso de la experiencia. "Simplemente desperté aquí. No soy una amenaza para sus intereses. Miren estos brazos…"

Sacudió sus nuevas extremidades, pálidas y delgadas como fideos.

"Con suerte puedo levantar una cuchara, mucho menos una espada. No tiene sentido desperdiciar el hermoso filo de sus armas conmigo y ensuciarlas con sangre innecesaria de un simple civil, ¿verdad?"

"¡Ya basta, cierra la boca!"

Bofetada.

El golpe seco lo arrojó contra el suelo húmedo. Su rostro se hundió en el lodo. El impacto hizo que sus oídos pitaran, y por un momento, la oscuridad del bosque se mezcló con las luces fluorescentes de los faros de un vehículo y el chirrido violento de los frenos.

Dorian escupe un trozo de tierra y sangre. Se quedó ahí un momento, con la mejilla roja ardiendo de dolor. Eran irónicos los sobresaltos de la vida. Estaba en la misma posición que en su época de instituto. El mismo dolor. El mismo suelo sucio. Y la misma sensación de impotencia física.

Aunque no todo era igual, había cambios; por ejemplo, Dorian esta vez no se echó a llorar como lo hizo aquella vez en su adolescencia. Ni se meó encima. En su lugar, entre un torbellino de preguntas e ideas, un pensamiento algo risible y ridículo cruzó su mente, uno que le habría dado vergüenza admitir en voz alta: Al menos estos tipos son más directos que Recursos Humanos.

"¡Aniki, ten cuidado! ¡Todo esto es muy raro!" bramó uno de los hombres, retrocediendo un paso pero manteniendo en alto y listo su enorme hacha. "¡Podría ser un inmortal disfrazado de mocoso! ¡He oído historias sobre viejos monstruos que rejuvenecen sus cuerpos para jugar con los mortales!"

"¡No dejen de apuntarle!" ordenó el tipo calvo que parecía ser el líder del grupo. "¡Al menor movimiento extraño, mátenlo!"

"¡Entendido!"

"¡Mantengan la vigilancia!"

Gritaron los sujetos mientras no le quitaban el ojo de encima.

Dorian se incorporó lentamente, limpiándose la cara con la manga de la túnica que vestía. Su calma, que siempre le había funcionado para apaciguar y mantener el orden en la oficina y reuniones, extrañamente parecía no estar funcionando del todo con sus nuevos amigos. En lugar de apaciguarlos, parecía ponerlos más nerviosos y alertas. Los observó con detenimiento. No lucían como guerreros de élite. Eran similares a una jauría de perros salvajes rodeándolo con matices de miedo ante algo que parecía que no comprendían.

¿Cómo es que sigues vivo? Esa era la pregunta que le habían hecho. Y para ser sincero, Dorian también se lo preguntaba.

¿Cómo es que sigo con vida?

Sus recuerdos estaban algo difusos y borrosos; aun así, lograba reunir las piezas para ir armando el rompecabezas.

Recordó la última noche en su mundo. El agotamiento pesaba en sus hombros como una losa de granito mientras arrastraba los pies de camino a su departamento. Había sido una larga y agotadora jornada de casi once horas en la oficina. Las luces de la calle parpadeaban con una frecuencia molesta.

Se detuvo en un supermercado de conveniencia para comprar un pack de cerveza fría y algo de comida precocinada. La hermosa chica que atendió la caja le sacó una leve sonrisa entre grises. Al salir, el aire acondicionado del local golpeó su rostro antes de ser reemplazado por la brisa veraniega de la noche. Caminando por el borde del asfalto, con la bolsa de plástico en su mano izquierda, Dorian palmeó sus bolsillos en busca de su viejo mechero. Necesitaba ese último cigarrillo de la noche para marcar el fin de su turno.

Se detuvo bajo un farol torcido. El sonido de los coches cruzando la calle era el murmullo constante de la noche. Las luces de los faros de autos creaban una sombra tras la pared donde Dorian se apoyó para fumar en tranquilidad.

La llama bailó unos segundos antes de prender el cigarrillo.

Inhalo profundamente.

El dulce sabor de la menta llenó sus pulmones; la nicotina hizo su magia, relajando la tensión de su cuello y hombros. Cerró los ojos por unos instantes, disfrutando del silencio y la suave brisa…

Oh, esa era la intención.

Un bocinazo de auto sonó de golpe, sacándolo violentamente de su trance.

No tuvo tiempo de reaccionar.

El destello de unos faros acercándose a toda velocidad hacia él lo cegó.

El chillido de los frenos quemando el suelo resonó.

Y entonces, la luz se apagó.

No hubo dolor ni recuerdos trágicos. Todo ocurrió en un instante.

Lo siguiente que Dorian supo fue que ya no estaba en casa ni en su propio mundo. Había transmigrado al cuerpo de un adolescente desconocido. Cuando abrió sus ojos, el mundo cambió a una explosión de verdes oscuros y sombras profundas. Ya no había edificios, ni luces de farolas o el sonido de motores de autos. Todo había sido arrancado y reemplazado por un bosque de árboles colosales, cuyas ramas se retorcían hacia un cielo extraño con constelaciones que no reconoció.

Su primera reacción fue la negación. Es un brote psicótico por falta de sueño, se dijo. O un sueño lúcido muy detallado. En cualquier momento aparecerá el cursor parpadeando en la pantalla de mi monitor y me despertaré con el teclado marcado en mis mejillas.

Pero pasaron los segundos, y el bosque no se desvaneció. Seguía allí, imponente, inamovible, aplastándolo bajo el peso de su nueva realidad.

Intentó pellizcarse la mejilla, el clásico truco para despertar de una pesadilla. Pero cuando su mano entró en su campo de visión, el aire se le escapó de los pulmones. Un jadeo profundo de sorpresa. Aquellas no eran su mano. Ya no era la piel pálida y algo fofa y arrugada que lo delataba como un hombre a pocos años de alcanzar los cincuenta. En su lugar, vio unas manos jóvenes, curtidas y con callos, raspones y uñas sucias que sugieren un tipo de trabajo manual que Dorian nunca había realizado.

"¿Un… un mocoso?" preguntó. Su voz también lo sorprendió. Su característica voz rasposa y cansada, ahora sonaba juvenil, con una vibración que aún no terminaba de asentarse en la madurez, pero tampoco era un niño.

El pánico real lo inundó en ese momento.

¡Esto… esto no puede ser posible!

¡Estoy en el cuerpo de un mocoso!

La realidad de su situación lo golpeó de frente.

¡He transmigrado!

*

El aire de un bosque salvaje huele distinto al contaminante aire de la ciudad. El olor era pesado y cargado de una energía que hacía que le hormigueara la piel. Dorian inhaló, exhaló y volvió a inhalar profundamente para tranquilizarse mientras degustaba el refrescante olor de la vegetación virgen, la tierra húmeda y… algo más. Un olor invasivo, acre, que rompió su trance de autoayuda.

¿Humo? Algo se quemaba cerca.

Dorian no era un experto en supervivencia, pero sabía que el humo significaba gente. Y en un lugar desconocido y salvaje, la gente era la única fuente de información a la cual podía recurrir para entender mejor su situación actual. Sumado a ello, también estaba el peligro de los depredadores nocturnos. Y ahora, estaba anocheciendo; el sol empezaba a ocultarse mientras él estaba varado allí, sin refugio ni armas con que protegerse. Lo mires por donde lo mires, lucía como una presa fresca y deliciosa para cualquier depredador hambriento.

Ante el temor de que pudiera acabar como bocado de alguna bestia salvaje o monstruo, decidió ponerse en marcha.

Sus nuevas piernas eran ágiles pese a su escasa musculatura. Saltó sobre raíces y arbustos con relativa facilidad mientras esquivaba los árboles que se interponían en su camino. Tras pocos minutos, observó que la fuente del humo estaba más cerca.

Atravesó un arbusto espeso y encontró un camino de tierra que tenía huellas recientes de personas y profundos surcos de las ruedas de carruajes.

No muy lejos, vio el humo que se elevaba por encima de las copas de algunos árboles a pocos metros. Parecía ser una fogata, y también escuchó el ruido de personas.

¡Gente! ¡Civilización!

Por los ruidos entremezclados de risas, cantos y exaltaciones, Dorian dedujo que parecían estar en alguna especie de celebración. Pero eso no le hizo bajar la guardia. Después de todo, este era otro mundo. Lleno de peligros aún desconocidos. Vaya uno a saber con qué podría toparse. Nadie le aseguraba que no existieran monstruos capaces de imitar el habla humana en este mundo, ¿cierto? Oh bueno, quizás estaba delirando, pero era mejor ser precavido que descuidado. No sabía si aquellas personas eran buenas o malas.

Dorian se agachó y avanzó con extremo cuidado.

El sonido de la leña ardiendo crujía.

Vio varias siluetas reunidas alrededor del fuego, charlando y riendo. El hecho de que aparentemente estuvieran felices lo hizo ilusionarse. Quizás son buenas personas, pensó. Se acercó un poco más y pudo distinguirlos mejor. Bebían de jarras de madera, chocando el metal de sus armaduras – piezas disparejas y sucias– mientras bailaban alrededor del fuego. A primera vista, parecían personas rudas, pero no necesariamente malvadas por ello.

Dorian no los discriminó por sus apariencias, ya que este era otro mundo. Probablemente su vestimenta podría ser el estandarte común de este lugar. Sumado a ello que estos tipos podrían tener las respuestas a muchas de las preguntas que lo estaban agobiando e incluso amenazando con volverlo loco.

Por ejemplo, ellos podrían saber la identidad del extraño cuerpo adolescente que ahora poseía o donde estaba ahora mismo. Un mapa del mundo. ¿Qué ciudades hay cerca? ¿Pueblos, aldeas, poderes, magia, etc.?

Estas eran preguntas de extrema relevancia para Dorian en estos momentos. Necesitaba entender mejor su situación antes de poder planificar sus siguientes pasos.

Los nervios lo ponían tenso. Dio unos pasos más cerca. Cuando estuvo a poco más de 15 metros, agazapado tras un árbol, agudizó su oído y finalmente escuchó:

"¡El señor estará feliz! ¡Finalmente pudimos conseguirles ovejas frescas!" gritó uno, riendo. 

"Fue bueno toparnos con ese mocoso vagando por el bosque." Añadió otro, limpiando sangre de un hacha. "Si no nos hubiera señalado la ubicación de la aldea, habríamos perdido días buscándola. Aunque, ¿no fuiste muy malo, aniki? Lo mataste de inmediato; podríamos haberlo entregado al señor."

"Fui condescendiente con el mocoso." Respondió el líder con una risa cruel. "Acabé con él rápido para que no sufriera en manos del señor. ¡Fue mi agradecimiento por guiarnos hacia las ovejas! Jajaja, debe estar celebrando en el más allá."

"¡Jajaja! ¡No puedo esperar a que el señor se libere de esa maldición, y así pueda guiarnos al reino de los inmortales!"

"¡Jajajaja! ¡Salud, mis hermanos!"

"¡Salud!"

Dorian sintió un sudor frío recorriendo la espalda. Su neurosis corporativa, esa ansiedad de la que sus amigos a veces se burlaban al tildarlo de ser algo paranoico, acababa de salvarle la vida. 

¡Esos tipos claramente no son buenas personas!

Eran una banda de saqueadores que, por la sangre que limpiaban de algunas armas, podía deducir que habían matado gente siguiendo el capricho de ese apodado "señor".

Estremeciéndose ante el pavor, Dorian comenzó a retroceder con el silencio de una sombra escurridiza. Pero la mala suerte, su vieja amiga, decidió hacerle otra de sus tantas bombas pesadas en el momento menos propicio.

Una rama seca crujió detrás de él.

Dorian se giró de un salto.

Vio cómo un arbusto se sacudía y luego se abría de par en par mientras una silueta emergía.

"¡Ahh, mierda!" exclamó el extraño, "en serio, hombre, la oscuridad está peor que ayer, casi me meo encima y…"

Se detuvo en seco.

"..."

Ambos se quedaron congelados, mirándose a los ojos. 

Dorian, en un acto de desesperación social, alzó una mano en un saludo torcido y tenso.

"H-Hola, amigo… esto, no tienes que gritar. Solo iba de paso, ya me estaba yendo…"

"¡¡¡INTRUSO!!!" rugió el hombre.

Era obvio, no funcionaria.

El resto fue un borrón de persecución, acorralamiento y finalmente golpes que lo devolvieron al presente: tirado al barro, con una mejilla hinchada, una espada apuntando al cuello y un grupo de asesinos que lo inspeccionaban detenidamente mientras sospechaban que era alguna especie de ser poderoso disfrazado simplemente porque no se estaba orinando encima como en su juventud.


2700p


Notas y Comentarios

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3 comentarios:

  1. >> "Para Dorian, ese punto de partida siempre olía a suelo sucio y humillación"

    Sugerencia: sucio y humilde.

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  2. Eran una banda de saqueadores que, por la sangre que limpiaban de algunas armas, podía deducir que habían matado gente siguiendo el capricho de ese apodado "señor".


    Por la sangre que ahora podía distinguir sin limpiar del todo en algunas de sus srmas

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